CIENCIA CON CONCIENCIA,  CREADORES

THE CORONAVIRUS IS COMING

por Víctor Teba de la Fuente

| Profesor (actualmente confinado) de Filosofía (jamás confinada)
El coronavirus se acerca. Es posible que nuestro sistema sanitario entre en colapso y sus profesionales, que son nuestra Guardia de la Noche, vean superadas sus defensas; es probableque las medidas de confinamiento no sean completamente efectivas y que la cuarentena, que es nuestro Muro de Hielo, no resista frente a la fuerza de contagio de esta pandemia global; puede que, al final, a pesar del esfuerzo, el COVID-19, que es el jefe delos Caminantes Blancos, acabe con todas nosotras, con todos nosotros. “Todos los hombres deben morir”: valar morghulis.
No es tremendismo (alerta despoiler): todas y todos vamos a morir en algún momento. Evidentemente, no toda la Humanidad va a perecer por la neumonía de Wuhan, aunque sí hay ya muchas personas que han muerto o que están pasándolo muy mal por esta enfermedad. Pero una crisis como ésta nos recuerda precisamente eso: que no somos invulnerables; que somos finitos, débiles, frágiles…y, sí, mortales. La pandemia nos presenta, con la imagen preclara de nuestras calles y plazas desiertas, el vacío mismo que nos constituye; la nada de la que venimos y a la que vamos; el sinsentido que nos fundamenta y al que nos aferramos incluso cuando intentamos negarlo, obstinada pero inútilmente, con cada paso que damos, con cada palabra que pronunciamos.
El coronavirus es, así, un símbolo de la “transpasibilidad” de la que habla Maldiney al reflexionar sobre la angustia heideggeriana: “nos es posible sufrir lo que de ninguna manera podríamos anticipar que nos fuera posible sufrir”. Nadie, hace unas semanas, podría haber imaginado que seríamos capaces de padecer esta situación. Y es que, a fin de cuentas, los seres humanos existimos solamente “en la forma de una angustia que nadifica o aniquila la esencia del ser y la del no-ser, la de lo posible y la de lo imposible”. La ignorancia de esta “transpasibilidad” es, como dice el profesor García-Baró, “la condición de la salud del existir humano, es decir, la condición de lo que Husserl llama nuestra ‘normalidad’”; porque sería imposible vivir con la conciencia límpida de todo lo que podríamos llegar a sufrir…
No obstante, también es cierto que “todos los hombres deben servir”: valar dohaeris. Pero ¿a qué o a quiéndebemos servir? Quizá debemos servir, más que nunca, a las y los más vulnerables de nuestra sociedad; y esa puede ser la moraleja que, de una manera un tanto naíf, podemos sacar de esta emergencia social y sanitaria: la necesidad de servir a las ancianas y los ancianos de nuestra familia y de nuestro barrio, la obligación de servir a las personas con diversidad de capacidades que viven en nuestro entorno, el deber de servir a nuestros familiares y vecinos dependientes, la responsabilidad de servir a nuestras enfermas y a nuestros enfermos.

Pero el confinamiento al que nos ha sometido la pandemia quizá nos presenta, al mismo tiempo, la posibilidad de servirnos a nosotras mismas, a nosotros mismos; la ocasión de dedicarnos tiempo de verdad para hacer lo que teníamos pendiente, para iniciar algo nuevo, para curarnos del estrés y la ansiedad en que vivimos, para reencontrarnos con nosotras mismas, con nosotros mismos. Pararnos para re-pararnos; encerrarnos para salir a nuestro propio encuentro; confinarnos para conocer realmente nuestros confines y crecer desde ellos. Como diría el Pez Negro de la casa Tully, “los árboles más fuertes crecen en los lugares más oscuros”.

El coronavirus es también, así, un símbolo de la “transposibilidad”: “el descubrimiento de aquello de lo que en absoluto nos sabíamos, ni nos creíamos, ni nos sospechábamos capaces”; la capacidad de dar a las cosas y a las personas incluso aquello de lo que carecemos. Porque, volviendo a Heidegger, “sólo quien tiene relación en algún modo con la nada puede también tenerla con la posibilidad como tal y con lo ente como tal”; sólo quien ha tocado fondo puede apoyar sus pies en ese fondo para impulsarse de nuevo hacia arriba (o para empujar a otros que no se han sabido aún capaces).García-Baró nos propone, así, reemplazar la angustia por la confianza en nuestra capacidad “transposible”: la fe en el “brotar de los recursos desconocidos con los que se afronta cualquier crisis”, también la sanitaria.
“El miedo hiere más que las espadas”, como bien sabe la joven Arya. Y esa es la pandemia verdaderamente letal que ahora nos concierne. No necesariamente el miedo al contagio, ni el miedo a la muerte propia o de un familiar o amigo querido, sino sobre todo el miedo a la soledad ante la que la cuarentena nos enfrenta; el miedo a la convivencia continuada con aquéllas y aquéllos con quienes compartimos el hogar(a veces, no de forma voluntaria); el miedo al tedio y a la monotonía de los días; el miedo a la crisis económica y laboral que sucederá ala pandemia; el miedo a no saber qué hacer estos días de confinamiento(como si alguna vez lo supiéramos realmente).
Pero también la confianza de la que habla García-Baró, la fe (y no necesariamente la de carácter religioso) protege más que los escudos. Bien blandida, la fe puede derrotar a nuestros peores oponentes: si un escudo defiende nuestro cuerpo del peligro de la espada, la fe puede defender lo que somos del miedo que lo amenaza. La fe en el personal sanitario, que se renueva en cada aplauso de las 20:00; la fe en las y los transportistas, repartidores, farmacéuticos, reponedores y dependientes de mercados y supermercados, que aseguran el suministro de los bienes básicos; la fe en las y los militares, policías y guardias civiles, que velan por el cumplimiento de las normas en este estado de alarma; la fe en las instituciones y en las y los políticos que las gestionan, a pesar de estar muy dañada (y no sin motivo).
Pero también la fe deuna ciudadanía que lucha contra el egoísmo del que antepone su bienestar o sus ganas de pasear sobre la seguridad de todas y todos; la fe de un vecindario que se une para ayudar a las y los que lo necesitan o para jugar al bingo desde la ventana; la fe de una chica o un chico que canta o toca su instrumento desde el balcón para animar a las y los que viven confinados; la fe de una empresaria que pone sus instalaciones o sus medios de producción al servicio del sistema sanitario; la fe de un director de orquesta, de una presidenta de una asociación cultural, de un galerista, de una profesora, de un entrenador personal, de una cantante, de un escritor que disponen sus clases, entrenamientos, conciertos, obras de arte, series, películas y libros al libre acceso del público general.
El coronavirus, que no entiende de ideologías, credos ni clases sociales (porque infecta por igual) nos recordaría, así, que no somos egos aislados, cada uno en su singular confinamiento; sino que somos sobre todo comunidad, unida en esa inefable “transpasibilidad transposible”, en esa “transposibilidad transpasible”. En este sentido, Bataille considera, como señala Esposito en su libro “Comunidad, inmunidad y biopolítica”, quela verdadera comunidad, la communitas, estaría ligada a la inmunización, a la immunitas, porque la emergencia de la misma no dependería ya de la vinculación a una misma ley, sino de la conservación y la defensa de un sí propio, respecto a aquello que lo amenaza desde el exterior (en este caso, el COVID-19), al modo de una “ruptura del cordón inmunitario y una identificación de los posibles puntos de contagio entre los sujetos que lo sobrepasan”: la disolución de la identidad en una común desapropiación donante a raíz de un agente patógeno externo y también común.
O como señalaría el propio Heidegger y también recoge Esposito: “la comunidad se da en esos momentos en que parece desaparecer de nuestro horizonte”, haciéndose presente por su propia ausencia. El mismo confinamiento, que pareciera negar la comunidad por el aislamiento social que comporta, afianza y reconstruye todavía más nuestro sentir comunitario: somos más pueblo porque no podemos serlo; somos mejores vecinos porque nos han quitado la vecindad; nos sentimos más cerca que nunca porque nos han prohibido tocarnos, besarnos, abrazarnos. O más allá de Heidegger y de Bataille, pero aún con Esposito: asistimos, por la globalización mundializante, al fenómeno de “la inmunización conducida a inmunizarse también respecto de sí misma: a reabrir la brecha, o el tiempo, de la comunidad».
Por eso no es ingenua la fe del que respira aliviado cada mañana a pesar del aumento de la cifra de contagios: simplemente confía en que, aunque la cuarentena “sea oscura y albergue horrores”, saldremos de ésta más fuertes, más libres, más unidos y mejores. Como Ygritte le dijo a Jon Nieve: “todos los hombres deben morir, pero primero viviremos”. Y es tiempo para vivir, aunque sea en cuarentena; Jon Nieve no sabe nada.

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