CIENCIA CON CONCIENCIA

¿Ciencia o Ciencia ficción?

El profesor de Física y Química José de la Torre Moreno relaciona en este interesante y divertido relato la ficción literaria y cinematográfica con la ciencia pura y la tecnología. Y al tiempo que nos regala un paseo en el tiempo que es su propia nostalgia motivadora en aquella infancia de palomitas nos invita al conocimiento riguroso para discernir entre la ciencia ficción que amplía nuestros horizontes vitales y la ciencia sola que puede evitarnos que la potentísima publicidad en una sociedad mercantilizada nos trate siempre como clientes en vez de como ciudadanos críticos. 

José de la Torre Moreno

Profesor de Física y Química del IES Almudeyne

Lo reconozco: soy un friki. Desde joven (y de eso ya han pasado un montón de primaveras) me han gustado las películas de naves espaciales, de alienígenas, de viajes en el tiempo,  de robots y de todo aquello que oliera aunque fuese un poco a ciencia futurista. Siempre me han fascinado esos magníficos paisajes estelares llenos de planetas raros, las sofisticadas y potentísimas naves interestelares capaces de superar varias veces la velocidad de la luz, las pistolas blaster y los sables láser que cercenaban miembros enemigos como si de mantequilla se tratase, y, por encima de todo, las espectaculares y trepidantes batallas en las que las grandes explosiones nos hacían levantarnos de la butaca. Y aún hoy, me sigo emocionando al verlas.

            -¡Pedazo de nave, Paco! Si tuviésemos una de esas…

            -Pues yo me pido la espada láser roja…

Amparados en la oscuridad cómplice de la sala de cine, uno creía ciegamente en lo que estaba viendo y deseaba que la ciencia hiciera posible algún día que aquello llegara a ser algo cotidiano. Creo sinceramente que mi devoción por la ciencia nació allí, delante de una pantalla de cine contemplando una galaxia muy muy lejana…

Hoy ha cambiado mucho la tecnología con la que se hacen las películas, pero la temática sigue siendo básicamente la misma. Casi todo el mundo, joven o menos joven, conoce a algún superhéroe, ha disfrutado con sus geniales superpoderes volando o lanzando rayos y truenos por los ojos, o ha recibido la visita de un robot del pasado que viene a eliminar a nuestra madre para que nosotros no nazcamos, o se ha introducido en el torrente sanguíneo de alguien en una nave en miniatura o ha tenido que luchar contra un ser alienígena despiadado y aterrador que quiere invadir nuestro planeta…

Todo esto, gracias a un género cinematográfico conocido como “ciencia ficción”, en tiempos criticado y denostado alegando que era poco creíble y que engañaba a la gente que lo veía. Obviamente, yo no estoy de acuerdo con esa valoración, pero he de admitir que en cierta forma era verdad, porque si aplicáramos hoy algunos de nuestros conocimientos científicos básicos a las aventuras cinematográficas descubriríamos con sorpresa que esos magníficos disparos y esas espectaculares explosiones, en la realidad, serían absolutamente… ¡silenciosas!; o que las máquinas del tiempo que trasladan a los protagonistas a épocas diferentes sólo funcionarían en la realidad… ¡hacia delante!; o que al forzar a nuestra nave a dar el salto al hiperespacio… ¡jamás conseguiríamos superar la velocidad de la luz!.

           -Paco. ¡quién pudiera volar como Supermán! ¿Tú sabes cómo lo hace?

            -Por supuesto: debajo de la capa lleva un mini-anulador-de-la-gravedad y un propulsor-cuántico-de-energía-cósmica.

            -¡Ah, claro, así sí!

Y es que la ciencia-ficción nos hace volar con la imaginación, y la Ciencia nos pone los pies sobre la tierra. Pero con la complicidad del refresco y las palomitas y con el consentimiento expreso de nuestro deseo de desconectar durante un par de horas de la rutina cotidiana, ambas parcelas de la realidad no están reñidas en absoluto, simplemente aceptamos esos “pequeños fallos” que se cometen intencionadamente en aras del disfrute personal y colectivo.

            -Entonces, Paco, la ciencia ficción comete fallos, pero se los perdonamos, ¿no?

            -¡Ya te digo!, y mientras tengamos palomitas…

La realidad actual parece confirmarnos el hecho de que muchas de las cosas que nos parecían imposibles hace unas décadas, ahora son casi realidad. Por ejemplo, el cirujano utiliza un rayo láser para operar al paciente y nadie se extraña de eso. Los robots inundan las fábricas de coches y parecen dominar un mundo casi totalmente exento de humanos, y nadie les tiene miedo. Podemos obtener imágenes de planetas y estrellas lejanas con ayuda de nuestros potentes telescopios, y todo el mundo da por hecho de que esos mundos existen. Incluso se habla de partículas que pueden ser más rápidas que la propia luz… La ciencia y la tecnología han ayudado bastante.

El problema sobreviene cuando nos encontramos a diario en los anuncios publicitarios de determinados productos de uso común mensajes tan claros y directos como: champús de pH neutro; yogures con L-casei inmunitas; acondicionadores de pelo con provitamina Q-10; aguas minerales con bicarbonatos y sin sulfitos; el atún y las aceitunas con Omega-3 u Omega-6; las bebidas energéticas revitalizantes; cremas faciales contra los radicales libres; y tantos otros productos que tenemos a nuestro alrededor y que poco a poco, y sin saberlo, han invadido nuestro espacio vital como si se tratase de una plaga alienígena. Ya sabemos que la publicidad es una forma de comunicación que intenta que consumamos un determinado producto o servicio, y es lícito, pero me cabe una duda: ¿nos están hablando de Ciencia o de ciencia-ficción?. O peor aún, ¿podría tratarse de falsa ciencia?

            -Vamos, un embuste de toda la vida, ¿no, Paco?

            -Pues no sé qué decirte. Me pillas comprando una crema hecha a base de baba de caracol que dicen que vuelve joven al que se la pone en el careto…

 

¿Conocemos la diferencia (y la aceptamos) o simplemente –y esto es lo que me preocupa- no lo sabemos? Y si no lo sabemos, si no comprendemos lo que nos están diciendo, ¿cómo podemos defendernos de este pseudovocabulario científico que nos inunda, que encarece los productos y que pretende convencernos de las excelencias de algo que, a lo peor, ni siquiera existe?

-Oye Paco, mejor compramos el yogur con pH que sin pH, ¿no? Es más caro, pero seguro que es más bueno…

-Seguro. Aquí dice que está avalado por un estudio científico hecho en la Universidad de Michigan y eso es una garantía, ¿no?…

-¿Pero tú sabes dónde está Michigan, Paco?

Es posible que aliviásemos el susto si fuésemos “un poco más cultos” en cuestiones de Ciencia para poder discernir entre algo de verdad y un timo profesional (aunque se camufle con palabrerío cuasi científico), más que nada por defender nuestro bolsillo a fin de mes.

Sería bastante sensato que no nos creyéramos todo lo que nos dicen y fuésemos unos consumidores más cautos capaces de evaluar y sopesar la información que recibimos y consumir con responsabilidad. Gracias a esos conocimientos, que debemos todos adquirir cuanto antes (en el colegio, instituto, ambiente familiar, etc.) estoy convencido de que llegaríamos a conocer y apreciar un poco más y mejor el mundo que nos rodea y, conociendo nuestro mundo, podremos el fin de semana ir al cine a visitar otras galaxias muy muy lejanas… de ficción (de la buena). De lo contrario, sojuzgados por el yugo de la ignorancia científica, no nos quedará más opción que inclinar un poco la cabeza, apretar fuerte la cartera y remedar a nuestro más insigne caballero andante diciendo, entre temeroso e indignado, aquello de: “¡Con la Ciencia hemos topado, querido Sancho!”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *