• Cómo entender a Cernuda

    En 4º de ESO, donde seguimos estudiando con rigor y entusiasmo la Generación del 27, hemos recalado estos días en Luis Cernuda y uno de sus poemas más célebres del libro Los placeres prohibidos. No se pierdan las reflexiones al respecto de nuestra compañera Lucía Romero Belver, de 4º C.

    EL POEMA:

    Si el hombre pudiera decir lo que ama,
    si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
    como una nube en la luz;
    si como muros que se derrumban,
    para saludar la verdad erguida en medio,
    pudiera derrumbar su cuerpo,
    dejando sólo la verdad de su amor,
    la verdad de sí mismo,
    que no se llama gloria, fortuna o ambición,
    sino amor o deseo,
    yo sería aquel que imaginaba;
    aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
    proclama ante los hombres la verdad ignorada,
    la verdad de su amor verdadero.

    Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
    cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
    alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
    por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
    y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
    como leños perdidos que el mar anega o levanta
    libremente, con la libertad del amor,
    la única libertad que me exalta,
    la única libertad por que muero.

    Tú justificas mi existencia:
    si no te conozco, no he vivido;
    si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

    – ¿Cuántas partes dirías que tiene este poema? Justifica tu respuesta, es decir, explica las partes todo lo bien que puedas.

    Este poema de Luís Cernuda se puede dividir en tres diferentes partes, que concuerdan con el número de estrofas:

    • Primera parte: del verso 1 hasta el verso 14. En esta primera parte el poeta hace alusión contantemente al amor, y este mismo es el tema de esta primera parte. Los dos primeros versos comienzan con una frase subordinada condicional, que expresa el deseo de algo. ¿Cuál es ese deseo?, el deseo de poder expresar libremente y de manifestar sin ningún miedo su amor hacia cualquier persona, además de entregarse a ella y amarla por como es, no por sus fortunas y ambición.

    Cernuda recalca que el cuerpo es lo de menos, algo que deberíamos derrumbar, para amar solo con el alma y el corazón.

    Esta primera estrofa nos lleva a la conclusión de que el poeta reivindica la falta de libertad de expresar el amor verdadero.

    • Segunda parte: desde el verso 15 hasta el verso 23. Diferenciamos esta parte porque empieza a hablar de la libertad, el principal tema de esta parte. En el primer verso de esta parte, podemos ver una paradoja: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien”. Muy interesante la paradoja, ya que manifiesta ser libre, pero también estar preso. Es decir, el estar preso de amor por alguien, es lo que más libre lo hace sentir. Esa persona que hace de prisión, metafóricamente, es de la que depende la libertad, plenitud y felicidad del poeta. Refiriéndose a su libertad también, el poeta hace una metáfora y comparación a la vez. Nos hace imaginar los leños de madera flotando libremente en el mar y los compara con su cuerpo y espíritu y el de su amado/a, dándonos así un romántico mensaje de libertad, una libertad que solo conoce amando.
    • Tercera parte: del verso 24 hasta el verso 26. Esta parte es la definitiva, la que concluye este fantástico poema, y que siendo la más breve es seguramente la más importante. Es la más importante porque nos hace ver que es el poema, de que actúa y, además es la que le da sentido al poema y vemos al final que actúa como una declaración de amor.
  • Sobre el nuevo romanticismo de Pedro Salinas

    En 4º de ESO estamos estudiando la Generación del 27. Sobre este poema de La voz a ti debida, de Pedro Salinas, publicamos aquí las acertadas reflexiones de la alumna Lucía Romero Belver, de 4º C.

    No quiero que te vayas
    dolor, última forma
    de amar. Me estoy sintiendo 
    vivir cuando me dueles
    no en ti, ni aquí, más lejos:
    en la tierra, en el año
    de donde vienes tú,
    en el amor con ella
    y todo lo que fue.
    En esa realidad
    hundida que se niega
    a sí misma y se empeña
    en que nunca ha existido,
    que sólo fue un pretexto
    mío para vivir.
    Si tú no me quedaras,
    dolor, irrefutable,
    yo me lo creería;
    pero me quedas tú.
    Tu verdad me asegura
    que nada fue mentira.
    Y mientras yo te sienta,
    tú me serás, dolor,
    la prueba de otra vida
    en que no me dolías.
    La gran prueba, a lo lejos,
    de que existió, que existe,
    de que me quiso, sí,
    de que aún la estoy queriendo.

     

    ¿Crees que el poema es del principio del libro o más bien del final? ¿Por qué?

    Pienso que este poema pertenece a la parte final de este

    libro llamado La voz a ti debida; ya que el poeta habla

    sobre el fin de una relación amorosa y del dolor causado

    por esta misma razón. Lo que lo diferencia de otros

    poemas, o en este caso, de las otras partes de este libro

    es la actitud que toma el poeta. Es decir, el poeta no toma

    una postura de revancha, ni tampoco se absorbe en una

    tristeza absoluta, tampoco cae en ese círculo vicioso de

    infelicidad y negatividad, es más bien lo contrario. El poeta

    toma una actitud mucho más civilizada, e incluso positiva,

    ya que descubre una nueva forma de amar, y aun siendo

    dolorosa le pide que no se vaya. Esta es la gran propuesta

    de Salina con este tipo de poemas, una forma más

    moderna de ver el amor.

  • THE CORONAVIRUS IS COMING

    por Víctor Teba de la Fuente

    | Profesor (actualmente confinado) de Filosofía (jamás confinada)
    El coronavirus se acerca. Es posible que nuestro sistema sanitario entre en colapso y sus profesionales, que son nuestra Guardia de la Noche, vean superadas sus defensas; es probableque las medidas de confinamiento no sean completamente efectivas y que la cuarentena, que es nuestro Muro de Hielo, no resista frente a la fuerza de contagio de esta pandemia global; puede que, al final, a pesar del esfuerzo, el COVID-19, que es el jefe delos Caminantes Blancos, acabe con todas nosotras, con todos nosotros. “Todos los hombres deben morir”: valar morghulis.
    No es tremendismo (alerta despoiler): todas y todos vamos a morir en algún momento. Evidentemente, no toda la Humanidad va a perecer por la neumonía de Wuhan, aunque sí hay ya muchas personas que han muerto o que están pasándolo muy mal por esta enfermedad. Pero una crisis como ésta nos recuerda precisamente eso: que no somos invulnerables; que somos finitos, débiles, frágiles…y, sí, mortales. La pandemia nos presenta, con la imagen preclara de nuestras calles y plazas desiertas, el vacío mismo que nos constituye; la nada de la que venimos y a la que vamos; el sinsentido que nos fundamenta y al que nos aferramos incluso cuando intentamos negarlo, obstinada pero inútilmente, con cada paso que damos, con cada palabra que pronunciamos.
    El coronavirus es, así, un símbolo de la “transpasibilidad” de la que habla Maldiney al reflexionar sobre la angustia heideggeriana: “nos es posible sufrir lo que de ninguna manera podríamos anticipar que nos fuera posible sufrir”. Nadie, hace unas semanas, podría haber imaginado que seríamos capaces de padecer esta situación. Y es que, a fin de cuentas, los seres humanos existimos solamente “en la forma de una angustia que nadifica o aniquila la esencia del ser y la del no-ser, la de lo posible y la de lo imposible”. La ignorancia de esta “transpasibilidad” es, como dice el profesor García-Baró, “la condición de la salud del existir humano, es decir, la condición de lo que Husserl llama nuestra ‘normalidad’”; porque sería imposible vivir con la conciencia límpida de todo lo que podríamos llegar a sufrir…
    No obstante, también es cierto que “todos los hombres deben servir”: valar dohaeris. Pero ¿a qué o a quiéndebemos servir? Quizá debemos servir, más que nunca, a las y los más vulnerables de nuestra sociedad; y esa puede ser la moraleja que, de una manera un tanto naíf, podemos sacar de esta emergencia social y sanitaria: la necesidad de servir a las ancianas y los ancianos de nuestra familia y de nuestro barrio, la obligación de servir a las personas con diversidad de capacidades que viven en nuestro entorno, el deber de servir a nuestros familiares y vecinos dependientes, la responsabilidad de servir a nuestras enfermas y a nuestros enfermos.

    Pero el confinamiento al que nos ha sometido la pandemia quizá nos presenta, al mismo tiempo, la posibilidad de servirnos a nosotras mismas, a nosotros mismos; la ocasión de dedicarnos tiempo de verdad para hacer lo que teníamos pendiente, para iniciar algo nuevo, para curarnos del estrés y la ansiedad en que vivimos, para reencontrarnos con nosotras mismas, con nosotros mismos. Pararnos para re-pararnos; encerrarnos para salir a nuestro propio encuentro; confinarnos para conocer realmente nuestros confines y crecer desde ellos. Como diría el Pez Negro de la casa Tully, “los árboles más fuertes crecen en los lugares más oscuros”.

    El coronavirus es también, así, un símbolo de la “transposibilidad”: “el descubrimiento de aquello de lo que en absoluto nos sabíamos, ni nos creíamos, ni nos sospechábamos capaces”; la capacidad de dar a las cosas y a las personas incluso aquello de lo que carecemos. Porque, volviendo a Heidegger, “sólo quien tiene relación en algún modo con la nada puede también tenerla con la posibilidad como tal y con lo ente como tal”; sólo quien ha tocado fondo puede apoyar sus pies en ese fondo para impulsarse de nuevo hacia arriba (o para empujar a otros que no se han sabido aún capaces).García-Baró nos propone, así, reemplazar la angustia por la confianza en nuestra capacidad “transposible”: la fe en el “brotar de los recursos desconocidos con los que se afronta cualquier crisis”, también la sanitaria.
    “El miedo hiere más que las espadas”, como bien sabe la joven Arya. Y esa es la pandemia verdaderamente letal que ahora nos concierne. No necesariamente el miedo al contagio, ni el miedo a la muerte propia o de un familiar o amigo querido, sino sobre todo el miedo a la soledad ante la que la cuarentena nos enfrenta; el miedo a la convivencia continuada con aquéllas y aquéllos con quienes compartimos el hogar(a veces, no de forma voluntaria); el miedo al tedio y a la monotonía de los días; el miedo a la crisis económica y laboral que sucederá ala pandemia; el miedo a no saber qué hacer estos días de confinamiento(como si alguna vez lo supiéramos realmente).
    Pero también la confianza de la que habla García-Baró, la fe (y no necesariamente la de carácter religioso) protege más que los escudos. Bien blandida, la fe puede derrotar a nuestros peores oponentes: si un escudo defiende nuestro cuerpo del peligro de la espada, la fe puede defender lo que somos del miedo que lo amenaza. La fe en el personal sanitario, que se renueva en cada aplauso de las 20:00; la fe en las y los transportistas, repartidores, farmacéuticos, reponedores y dependientes de mercados y supermercados, que aseguran el suministro de los bienes básicos; la fe en las y los militares, policías y guardias civiles, que velan por el cumplimiento de las normas en este estado de alarma; la fe en las instituciones y en las y los políticos que las gestionan, a pesar de estar muy dañada (y no sin motivo).
    Pero también la fe deuna ciudadanía que lucha contra el egoísmo del que antepone su bienestar o sus ganas de pasear sobre la seguridad de todas y todos; la fe de un vecindario que se une para ayudar a las y los que lo necesitan o para jugar al bingo desde la ventana; la fe de una chica o un chico que canta o toca su instrumento desde el balcón para animar a las y los que viven confinados; la fe de una empresaria que pone sus instalaciones o sus medios de producción al servicio del sistema sanitario; la fe de un director de orquesta, de una presidenta de una asociación cultural, de un galerista, de una profesora, de un entrenador personal, de una cantante, de un escritor que disponen sus clases, entrenamientos, conciertos, obras de arte, series, películas y libros al libre acceso del público general.
    El coronavirus, que no entiende de ideologías, credos ni clases sociales (porque infecta por igual) nos recordaría, así, que no somos egos aislados, cada uno en su singular confinamiento; sino que somos sobre todo comunidad, unida en esa inefable “transpasibilidad transposible”, en esa “transposibilidad transpasible”. En este sentido, Bataille considera, como señala Esposito en su libro “Comunidad, inmunidad y biopolítica”, quela verdadera comunidad, la communitas, estaría ligada a la inmunización, a la immunitas, porque la emergencia de la misma no dependería ya de la vinculación a una misma ley, sino de la conservación y la defensa de un sí propio, respecto a aquello que lo amenaza desde el exterior (en este caso, el COVID-19), al modo de una “ruptura del cordón inmunitario y una identificación de los posibles puntos de contagio entre los sujetos que lo sobrepasan”: la disolución de la identidad en una común desapropiación donante a raíz de un agente patógeno externo y también común.
    O como señalaría el propio Heidegger y también recoge Esposito: “la comunidad se da en esos momentos en que parece desaparecer de nuestro horizonte”, haciéndose presente por su propia ausencia. El mismo confinamiento, que pareciera negar la comunidad por el aislamiento social que comporta, afianza y reconstruye todavía más nuestro sentir comunitario: somos más pueblo porque no podemos serlo; somos mejores vecinos porque nos han quitado la vecindad; nos sentimos más cerca que nunca porque nos han prohibido tocarnos, besarnos, abrazarnos. O más allá de Heidegger y de Bataille, pero aún con Esposito: asistimos, por la globalización mundializante, al fenómeno de “la inmunización conducida a inmunizarse también respecto de sí misma: a reabrir la brecha, o el tiempo, de la comunidad».
    Por eso no es ingenua la fe del que respira aliviado cada mañana a pesar del aumento de la cifra de contagios: simplemente confía en que, aunque la cuarentena “sea oscura y albergue horrores”, saldremos de ésta más fuertes, más libres, más unidos y mejores. Como Ygritte le dijo a Jon Nieve: “todos los hombres deben morir, pero primero viviremos”. Y es tiempo para vivir, aunque sea en cuarentena; Jon Nieve no sabe nada.
  • Argumentamos en torno a la Patria

    ¿Es necesariamente la patria el país donde nacemos?, preguntábamos para dar pie a un texto argumentativo tras leer «Peregrino», uno de los poemas más emblemáticos del poeta Luis Cernuda.

    Y esto es lo que argumenta Rafael Calatrava Vázquez, de 2º de Bachillerato B.

     

    Obra de Eva Vázquez.

    Todo el mundo ha nacido en un lugar determinado. Sin embargo, esto no debería determinar ni quiénes somos ni qué posición queremos tomar en este mundo. En ocasiones nuestro país, no es necesariamente el lugar que vemos como nuestro y que amamos por el simple hecho de habernos visto nacer.

    Si bien es cierto que habitamos en una zona y un lugar concreto, esto no quiere decir que por este mismo motivo estemos obligados a etiquetarnos, ya que el hecho de que nos autodenominemos español, alemán o japonés, no nos produce ningún beneficio tangible o intangible y existencial para nuestro proceso de vida. Por si fuera poco, no nos hace ni mejores ni peores personas. Simplemente, son términos que utilizamos para situar regiones que conforman un sistema, que en ocasiones crea más desigualdad que unidad. Solo hace falta comparar un país como Francia y alguno dentro de África Meridional. Os lo resumiré: las diferencias son abismales, y no por eso hay que menospreciarlos, porque esas mismas personas podríamos ser nosotros el día de mañana, en un país pobre y decrépito.